La Ciudad estaba desierta aquel día. Las amplias avenidas de cemento y los herméticos edificios de hormigón me hacían recordar a un infantil juego de bloques de madera que guardaba en mi casa. No había nadie por aquellas calles, nadie tras aquellos edificios grises, con forma de polígono y de amplias fachadas que me hacían pensar en cárceles en vez de viviendas. No podía entender que viviera alguien tras aquellas pequeñas ventanas con marcos de acero que apenas dejaban pasar la luz al interior. Si aquel hubiera sido mi hogar, me dije, sería muy infeliz.
Desde hacía años siempre había conservado la ilusión de que padre me llevara a la ciudad algún día. Él hablaba de ella como un lugar de sueños y esperanzas, donde las cosas no eran lo que parecían donde los sueños son realidad y la realidad sueño, un lugar hermoso pero también orgulloso y letal. Según sus descripciones, la Ciudad casi parecía una caprichosa dama que encorvara la espalda para contemplar su belleza en su propio espejo ajena del mundo exterior.
Pero a la vista de aquellos interminables edificios de cemento, tan altos que parecían querer desafiar al mismo cielo y que se alzaban sobre mí con un aire amenazador, me quitaba el resuello sintiendo como ni una pizca de aire puro se atrevía a desafiar las calles de la ciudad concentrando la atmósfera en una hermética cúpula alrededor de ella. El lugar se me antojaba vacío, desprovisto de vida, casi un cementerio de edificios grises, tecnología y aparatos pero carente de almas humanas de las que alimentarse. La Ciudad que yo había soñado me asustaba cuando por fin estaba en ella.
Asustado por la frialdad y el inhóspito halo que emanaba de los altos muros de hormigón me refugié a la sombra de mi padre y le tomé de la mano con nerviosismo. Mi padre sonrió entonces para sí e inclinándose a mi lado y tomándome amablemente de los hombros me indicó que no tuviera miedo.
-Pero este lugar está muerto, papa –le repliqué con mi vocecilla de infante-, ésta es una ciudad de muertos…
Mi padre esbozó una sonrisa cascada.
-Tienes razón, hijo –murmuró con amargura-. Pero es hermosa y siempre ha sido el sueño de todas las gentes del campo, como tú y como yo. Puede que ahora no lo notes hijo, pero cuando uno tiene mi edad siente la influencia de la ciudad cerniéndose sobre su vida, tirando de sus entrañas… reclamando vida y sangre…
Mi padre miraba la cima de los herméticos edificios, a la viciada atmósfera de la ciudad que se cernía como un envenenado halo sobre nuestras cabezas. Sus ojos parecían soñadores, fantasiosos, como si descubrieran cosas en aquel cementerio de hormigón que yo no alcanzaba a distinguir.
-Papa, no sé de que me hablas… -respondí encogiéndome de hombros, ignorante de los pensamientos que preocupaban a mi progenitor en aquellos instantes.
Mi padre volvió la vista hacia mí, como si resucitara de un sueño y de nuevo esbozó aquel gesto que aún a mis pocos años de edad me hacía temblar: una sonrisa triste y rota, cargada de amargura y de desesperanza.
-No importa, hijo. Olvida lo que has escuchado.
Asentí y mi padre se incorporó de nuevo. Tomándome de la mano recorrimos aquellas desoladas calles grises hasta llegar a una amplia avenida de cemento que se extendía hasta donde la vista me llegaba a alcanzar. Al otro lado, al contrario de lo que debía esperarse, no había edificios, si no una extensa explanada de pavimento que llegaba hasta más allá de la línea del horizonte marcando los límites de la ciudad. En aquellos desnudos parajes en los que ni un alma se atrevía a aventurarse, la influencia de la Ciudad disminuía progresivamente hasta desaparecer por completo. Al otro lado de aquel desierto de cemento y hormigón, el cielo era azul.
Mi padre y yo nos detuvimos, esperando en silencio. Cuando me pareció que llevábamos una eternidad de pie en el borde de aquella interminable avenida y estaba a punto de elaborar una protesta, escuché un sonido que me robó la atención y los sentidos y me hizo volver la cabeza al horizonte, buscándolo. A mi lado mi padre me imitó, con ojos hechizados...
Era el sonido de un desfile, los ruidos característicos del marchar militar de cientos de personas al mismo son, de trompetas y tambores que entonaban himnos marciales. Era el aroma de saltimbanquis y malabaristas, de militares y músicos todo ello mezclado con la ilusión infantil que impregnaba sus pasos. Sin embargo, por encima de todo ello, sus alegres y dinámicas canciones se escuchaban adulteradas, llenas de acordes disonantes. Incluso el paso de los integrantes del desfile se hallaba marcado por una fría cadencia que helaba las entrañas, su compás era el de un corazón desbocado que está a punto de pararse.
Paralizado, incapaz de arrancar los ojos de aquello que me robaba la atención y los sentidos distinguí aparecer el encabezamiento del desfile en el horizonte, acercándose lenta e inexorablemente hacia nosotros, como las aguas de un río. Y sin saber muy bien porqué, aprecié el miedo, un miedo intenso e irracional que estrujaba mi corazón, que arrugaba mis entrañas y hacia desaparecer en mí la despreocupada inocencia infantil que iluminaba mi mente, llenándola de aterradora oscuridad. Sentí que mi infancia se rompía en mil pedazos y que me llenaba de malicia y de odio, convirtiéndome de repente en una criatura mezquina y desamparada.
Pero por encima de todo ello noté el contacto de la mano de mi padre apretando la mía con firmeza como para imprimirme ánimos. Quise volver la vista entonces hacia él, preguntarle y exigirle explicaciones acerca de porqué me había traído a aquel espantoso lugar, pero la malévola influencia de los pasos marciales de la multitud que se acercaba a nosotros me impidió desfijar la vista. Aún así, incapaz de mirarle o de moverme intuí el mensaje que mi padre se esforzaba por transmitirme: “Tienes que comprender”.
Las siluetas de aquellos que participaban en el desfile se acercaron más y más a nosotros pudiendo entonces yo describirlas a la perfección:
Se trataban de cientos de hombres y mujeres, comprendidos entre edades indefinidas que caminaban a un mismo paso marcado por el fúnebre sonido de los tambores. Sus rostros estaban vueltos hacia el frente, hipnotizados por su destino, sus miradas veladas perdidas en el horizonte. Lucían la faz cubierta por máscaras y antifaces oscuros, y vestían negros ropajes de corte militar como si formaran parte de algún espectral ejército. Su paso era firme, sin prisa pero sin pausa como si estuvieran condenados a vagar eternamente por aquella interminable avenida antes de llegar por fin a su destino.
A la cabeza de aquella procesión de lo que me pareció almas en pena, se erguía la solitaria silueta de un jinete a caballo… Su cuerpo se hallaba flexionado en una rígida postura de gloria y victoria y en su brazo, alzado contra las alturas, como si quisiera desafiar al cielo con el puño cerrado, sostenía el largo mástil de un estandarte cuya banderola ondeaba impulsada por una brisa inexistente. Las letras eran del color de la sangre sobre aquel jirón de tela oscura y me pareció distinguir los caracteres de tres macabras palabras que helaron todavía más mi alma: “La Marcha Negra”
Cuando el jinete pasó por delante de nosotros, dirigiendo a las almas que le seguían hipnotizadas sentí que toda la oscuridad, todo el frío que atenazaba mi alma en aquellos momentos emanaba de su sombría presencia. Sus ropajes militares eran oscuros, tan negros como el pelaje de su montura de ojos ciegos y espectrales la cual detuvo en ese instante repentinamente y para mi sorpresa, aquel ser que solo poseía de humano la apariencia volvió su rostro maldito hacia nuestra dirección y clavó sus ojos en los míos provocando que mi corazón dejara de latir unos instantes.
En aquel rostro hermoso, de facciones idílicas y casi aniñadas, de piel translúcida y cabellos tan blancos como su pálida faz solo hallé una cosa, la fría y letal mirada de la muerte. Y en ese instante supe que la parca me miraba disfrazada con ojos de joven y que en su espectral rostro esbozaba una sonrisa tiernamente macabra. Había captado su interés.
Supe entonces, a partir de ese instante y para el resto de mi miserable existencia, que estaba marcado por la desgracia. La muerte me había mirado a los ojos.
Ensanchando su tierna y ladina sonrisa en una cruel y desdeñosa mueca, su mirada de muerte y putrefacción se desprendió de nosotros como quien pasa la vista por una piedra en el camino que molesta a su paso y volvió a fijarla en el negro horizonte al que conducía a todas aquellas desdichadas almas. Espoleando a su fantasmal montura reanudó aquel paso marcial marcado por tambores de ultratumba que parecían entonar el himno de los mismísimos infiernos.
Aquel joven príncipe de las tinieblas se alejó de nosotros empequeñeciéndose en el horizonte a medida que avanzaba en su marcha, el desfile discurrió ante nuestros mudos ojos testigos sin que una de las personas que marchaban en pos de la parca se dignara a volver sus ojos hacia los únicos vivos que presenciaban aquella procesión de muerte y desesperanza. Sus ojos ciegos no se volvieron hacia nosotros como si no pudieran vernos o percatarse de nuestra presencia, prendidas sus conciencias en la espectral silueta del jinete que abría la marcha y que ya había desaparecido de nuestra vista en la lejana línea del horizonte.
Fue entonces cuando me di cuenta de que el desfile crecía en número a su paso, que cada vez eran más las almas arrastradas por la influencia de aquella sombra a caballo en cuyos ojos se adivinaba la muerte. Ya no eran gentes vestidas con uniformes militares y antifaces y máscaras en sus rostros si no hombres y mujeres corrientes, muchos vestidos con batas de hospital y ropas de dormir que habían abandonado ya su lecho de muerte para unirse al último de los caminos que les separaba de su eterno destino como almas sin cuerpo. Salían de las pequeñas calles transversales que desembocaban en la ancha avenida, pasaban por nuestro lado con los ojos hipnotizado en el negro príncipe montado a caballo y se unían más y cada vez más a aquella Marcha Maldita formada por las almas de aquellos que habían muerto y todavía no habían encontrado su destino.
Cuando aquellas almas errabundas desaparecieron por fin de nuestra vista dejando la avenida tan desierta e inhóspita como yo la había conocido, mi padre pudo al fin moverse y volvió su rostro hacia mí. Un rostro manchado por la huella del dolor, el sufrimiento y la desesperanza y entonó las palabras que habían de completar a aquel sombrío episodio, palabras que marcarían mi existencia durante toda mi vida y aún la muerte.
*"Son when you grow up, will you be the saviour of the broken,The beaten and the damned? Will you defeat them, your demons, and all the non believers, the plans that they have made?"Because one day I leave you,A phantom to lead you in the summer,To join the black parade."
*Estas palabras pertenecen a un fragmento
de la canción "Welcome to the Black Parade"
de "My Chemical Romance"