The Patient
Nadie estaba verdaderamente seguro de cual era su nombre real. Quizá los médicos y enfermeras que trataban con él más estrechamente, o el ordenador que registraba los nombres de los enfermos en aquel hospital. Sin embargo, todos los llamaban “El Paciente” con tal seguridad que parecía que hasta él mismo hubiera olvidado su verdadero nombre.
¿Pero que clase de apodo es “El Paciente” en un lugar lleno de ellos? -La mayoría perdiendo la paciencia por la longitud de sus enfermedades y los tratamientos que se supone que deben ayudarlos- Un hospital está lleno de pacientes, jóvenes y viejos, muchos destinados a un irremediable fin de su existencia pero muchos otros bendecidos con la esperanza de recuperarse. Pero ninguno era como él, o al menos, ningún médico o enfermera de aquel hospital había visto jamás una criatura como aquella.
El Paciente era un hombre joven, en una edad indefinida entre los veinte años y los treinta, quizá incluso más o puede que menos… Era delgado, muy delgado, no a causa de sus energías drenadas por el sufrimiento, ni por los brutales vestigios de su enfermedad… daba la impresión de que el Paciente siempre había tenido aquella constitución enfermiza y preocupante. Su cabello era blanco, no canoso pero si demasiado claro para llamarlo albino al igual que su piel, casi translúcida por tantas horas de encierro apartado de la luz del sol en aquel desamparado lugar, tan fina que se podían ver las venas cuajadas de sangre que cruzaban sus muñecas.
Hasta aquí el paciente podría parecerse ha cualquier otro, demasiado blanco por el encierro, demasiado delgado por su enfermedad. Pero ninguno mostraba ni había mostrado jamás la expresión de éste, aún después de muchos años de encierro y sufrimientos, todos parecían conservar algo en lo más profundo de su mirada: la esperanza. El Paciente hacía mucho tiempo que la había perdido, sus ojos lo demostraban.
Su rostro era agradable, un rostro joven y hermoso que podía haberse catalogado de atractivo si hubiera mostrado un poco más de vida y color. Sus facciones eran menudas y sus rasgos delicados. Los labios finos y suaves, blancos contra la piel de su rostro mostraban una expresión casi infantil a no ser por la desganada curva de la comisura de sus labios pintada, con una mueca de hastío y abandono. Su nariz era menuda y sus pómulos prominentes, hundidas sus mejillas por la enfermedad. Pero algo no cuadraba en aquel rostro hermoso, algo que le otorgaba una especie de expresión envenenadamente desamparada, una sombra de oscuridad que velaba el brillo de su juventud, eso eran sus ojos.
Hundidos y agazapados en sus cuencas, oscurecidos por un tupido velo de oscuridad, amargura y tristeza. Sus pupilas se fijaban extraviadas en algún punto de un horizonte inalcanzable, carentes de brillo…vidriosas…casi muertas. Aquellos ojos anclados en un rostro joven parecían ser testigos de una larga vida de sufrimientos, más parecían pertenecer a un anciano nonagenario, hastiado de la vida y ahogado por la experiencia que solo desea y espera una repentina y bien merecida muerte para poder descansar de una vez por todas, cansados sus ojos de tanto ver y su mente de tanto comprender, que a un hombre joven y aún así enfermo.
Con aquella mirada, con aquella pose abandonada en mitad de una habitación de paredes y suelos blancos, tan blancos como la pulcra bata que el paciente vestía y aún así más oscura que el resplandor lechoso de su piel, pocos eran los que se atrevían a cruzar una mirada con él y enfrentarse a la espiral de oscuridad, sufrimiento y desesperanza que emanaban sus ojos.
El Paciente nunca había descubierto tener familia, nadie de su conocimiento había ido a visitarlo jamás en aquella celda de paredes desinfectadas que era su habitación en el hospital. Alguna vez, alguna persona caritativa, un voluntario o un visitante de una habitación cercana se había asomado a aquella habitación, prestos a entablar conversación con aquel joven moribundo y animarle o distraerle de su afligido mutismo. Sin embargo poco habían tardado en abandonarla de nuevo, nerviosos de la amargura que emanaba su simple presencia, de aquellos ojos apagados de vida que solo parecían contemplar el avance inexorable de la muerte ante él, y se habían marchado para no regresar jamás a aquel lugar vacío y desamparado, casi una silenciosa cripta en un cementerio, decorada con un mobiliario de líneas sencillas, esterilizadas, impolutamente blancas en el que la solitaria figura de el Paciente parecía ser un mueble más.
Los médicos y enfermeras habían perdido ya la esperanza por él, hacía mucho tiempo que habían cesado en sus empeños de mejorarle, de devolverle la vitalidad que había perdido. Se limitaban a conectarle a una vía, hacerle transfusiones de sangre e intentar mantener aquella vacía existencia, inútil de utilidad, muerta en vida. El paciente se moría, no sabían porqué, solo que la vida se escapaba lentamente de su cuerpo con cada suspiro.
La muerte estaba próxima, y el paciente lo aceptaba y la esperaba con estoicidad, casi con avidez, llevado por unos motivos que solo él entendía y sabía.
“¿Cuál es tu enfermedad?” le había preguntado un día un inocente voluntario social en un intento de entablar conversación con él.
“La Vida” musitó él en un desganado suspiro "Me muero por vivir”.
Morir por vivir.
Cuantos dobles sentidos habrá impresos en esa simple frase… Puede significar ambición, ansiedad por la vida, por perpetuar tu existencia más allá de lo que es posible, un poco más de granos en el reloj de arena de la vida.
Pero también puede significar muerte, y estoy segura de que cualquier persona puede comprender éste significado… algo que todos y cada uno de nosotros llevamos impresos en nuestra alma, discurriendo por nuestras venas. La vida drena nuestra existencia, nuestra vida ¡Qué paradoja! Vivir para morir, ese es el único fin seguro.
Sin embargo, aunque el Paciente llevaba largos años olvidado en aquella habitación impersonal, vacía, nadie recordaba cuanto tiempo llevaba allí ni que le había hecho enfermar. Ni siquiera recordaban haberle visto llegar, un día lejano en su juventud o niñez, un día fatídico que nunca acabaría o al menos hasta que su corazón se detuviera definitivamente.
Pero aún así el Paciente tenía una historia, como cada uno de los enfermos que habitan aquel hospital y todos los hospitales del mundo. Había vivido una existencia radiante, ajeno a la enfermedad, una infancia feliz como la de cualquier otro niño, había vivido, sentido y sufrido antes de convertirse en lo que era ahora. El Paciente había amado, y odiado, su corazón se había estremecido muchas veces por la fuerza de los sentimientos…
Antes de aquello, había sido persona, y el transcurso de su desgracia, solo él podía contarlo. Ésta es su historia:
Nadie estaba verdaderamente seguro de cual era su nombre real. Quizá los médicos y enfermeras que trataban con él más estrechamente, o el ordenador que registraba los nombres de los enfermos en aquel hospital. Sin embargo, todos los llamaban “El Paciente” con tal seguridad que parecía que hasta él mismo hubiera olvidado su verdadero nombre.
¿Pero que clase de apodo es “El Paciente” en un lugar lleno de ellos? -La mayoría perdiendo la paciencia por la longitud de sus enfermedades y los tratamientos que se supone que deben ayudarlos- Un hospital está lleno de pacientes, jóvenes y viejos, muchos destinados a un irremediable fin de su existencia pero muchos otros bendecidos con la esperanza de recuperarse. Pero ninguno era como él, o al menos, ningún médico o enfermera de aquel hospital había visto jamás una criatura como aquella.
El Paciente era un hombre joven, en una edad indefinida entre los veinte años y los treinta, quizá incluso más o puede que menos… Era delgado, muy delgado, no a causa de sus energías drenadas por el sufrimiento, ni por los brutales vestigios de su enfermedad… daba la impresión de que el Paciente siempre había tenido aquella constitución enfermiza y preocupante. Su cabello era blanco, no canoso pero si demasiado claro para llamarlo albino al igual que su piel, casi translúcida por tantas horas de encierro apartado de la luz del sol en aquel desamparado lugar, tan fina que se podían ver las venas cuajadas de sangre que cruzaban sus muñecas.
Hasta aquí el paciente podría parecerse ha cualquier otro, demasiado blanco por el encierro, demasiado delgado por su enfermedad. Pero ninguno mostraba ni había mostrado jamás la expresión de éste, aún después de muchos años de encierro y sufrimientos, todos parecían conservar algo en lo más profundo de su mirada: la esperanza. El Paciente hacía mucho tiempo que la había perdido, sus ojos lo demostraban.
Su rostro era agradable, un rostro joven y hermoso que podía haberse catalogado de atractivo si hubiera mostrado un poco más de vida y color. Sus facciones eran menudas y sus rasgos delicados. Los labios finos y suaves, blancos contra la piel de su rostro mostraban una expresión casi infantil a no ser por la desganada curva de la comisura de sus labios pintada, con una mueca de hastío y abandono. Su nariz era menuda y sus pómulos prominentes, hundidas sus mejillas por la enfermedad. Pero algo no cuadraba en aquel rostro hermoso, algo que le otorgaba una especie de expresión envenenadamente desamparada, una sombra de oscuridad que velaba el brillo de su juventud, eso eran sus ojos.
Hundidos y agazapados en sus cuencas, oscurecidos por un tupido velo de oscuridad, amargura y tristeza. Sus pupilas se fijaban extraviadas en algún punto de un horizonte inalcanzable, carentes de brillo…vidriosas…casi muertas. Aquellos ojos anclados en un rostro joven parecían ser testigos de una larga vida de sufrimientos, más parecían pertenecer a un anciano nonagenario, hastiado de la vida y ahogado por la experiencia que solo desea y espera una repentina y bien merecida muerte para poder descansar de una vez por todas, cansados sus ojos de tanto ver y su mente de tanto comprender, que a un hombre joven y aún así enfermo.
Con aquella mirada, con aquella pose abandonada en mitad de una habitación de paredes y suelos blancos, tan blancos como la pulcra bata que el paciente vestía y aún así más oscura que el resplandor lechoso de su piel, pocos eran los que se atrevían a cruzar una mirada con él y enfrentarse a la espiral de oscuridad, sufrimiento y desesperanza que emanaban sus ojos.
El Paciente nunca había descubierto tener familia, nadie de su conocimiento había ido a visitarlo jamás en aquella celda de paredes desinfectadas que era su habitación en el hospital. Alguna vez, alguna persona caritativa, un voluntario o un visitante de una habitación cercana se había asomado a aquella habitación, prestos a entablar conversación con aquel joven moribundo y animarle o distraerle de su afligido mutismo. Sin embargo poco habían tardado en abandonarla de nuevo, nerviosos de la amargura que emanaba su simple presencia, de aquellos ojos apagados de vida que solo parecían contemplar el avance inexorable de la muerte ante él, y se habían marchado para no regresar jamás a aquel lugar vacío y desamparado, casi una silenciosa cripta en un cementerio, decorada con un mobiliario de líneas sencillas, esterilizadas, impolutamente blancas en el que la solitaria figura de el Paciente parecía ser un mueble más.
Los médicos y enfermeras habían perdido ya la esperanza por él, hacía mucho tiempo que habían cesado en sus empeños de mejorarle, de devolverle la vitalidad que había perdido. Se limitaban a conectarle a una vía, hacerle transfusiones de sangre e intentar mantener aquella vacía existencia, inútil de utilidad, muerta en vida. El paciente se moría, no sabían porqué, solo que la vida se escapaba lentamente de su cuerpo con cada suspiro.
La muerte estaba próxima, y el paciente lo aceptaba y la esperaba con estoicidad, casi con avidez, llevado por unos motivos que solo él entendía y sabía.
“¿Cuál es tu enfermedad?” le había preguntado un día un inocente voluntario social en un intento de entablar conversación con él.
“La Vida” musitó él en un desganado suspiro "Me muero por vivir”.
Morir por vivir.
Cuantos dobles sentidos habrá impresos en esa simple frase… Puede significar ambición, ansiedad por la vida, por perpetuar tu existencia más allá de lo que es posible, un poco más de granos en el reloj de arena de la vida.
Pero también puede significar muerte, y estoy segura de que cualquier persona puede comprender éste significado… algo que todos y cada uno de nosotros llevamos impresos en nuestra alma, discurriendo por nuestras venas. La vida drena nuestra existencia, nuestra vida ¡Qué paradoja! Vivir para morir, ese es el único fin seguro.
Sin embargo, aunque el Paciente llevaba largos años olvidado en aquella habitación impersonal, vacía, nadie recordaba cuanto tiempo llevaba allí ni que le había hecho enfermar. Ni siquiera recordaban haberle visto llegar, un día lejano en su juventud o niñez, un día fatídico que nunca acabaría o al menos hasta que su corazón se detuviera definitivamente.
Pero aún así el Paciente tenía una historia, como cada uno de los enfermos que habitan aquel hospital y todos los hospitales del mundo. Había vivido una existencia radiante, ajeno a la enfermedad, una infancia feliz como la de cualquier otro niño, había vivido, sentido y sufrido antes de convertirse en lo que era ahora. El Paciente había amado, y odiado, su corazón se había estremecido muchas veces por la fuerza de los sentimientos…
Antes de aquello, había sido persona, y el transcurso de su desgracia, solo él podía contarlo. Ésta es su historia:

4 comentarios:
Hola Reina de las Espinas:
¡Qué duro! Casi he podido oler ese peculiar olor a hospitales. Describes muy bien al Paciente, ojalá pudiese hacer yo algo parecido con mis personajes. Lo mío son las piedras.
La crudeza de la historia me ha impresionado. Enhorabuena. Aunque espero poder leer algo más alegre, que pa tristeza la de mi cuento.
Hola andragonas! (escamas y bronce, verdad? ;) )
Pensé que jamás encontraría a nadie que leyera mi blog, me alegro de encontrarte por aquí.
Sí, la verdad es que el relato es un poco triste, en parte está inspirado en experiencias de mi vida y en parte contiene toda la tristeza y melancolía de la que deseo liberarme. La historia es una especie de vínculo en la que poder liberar mis sentimientos ;)
Es un poco aburrida y se enrolla demasiado en ocasiones, aunque como alguien dijo una vez, las palabras no son suficientes para expresar aquello que quiero transmitir, y de hecho soy un poco o bastante mediocre transmitiendolo. El siguiente capítulo quizás sea más duro, o más oscuro para mi gusto, aunque los demás serán alegres. Alegría estraña, pero alegría.
Muchas gracias x pasarte!
y gracias por tu comentario ;)
Hola. LLegué aquí cuando seguí un link en el blog de Andragoras. Tengo que decir que, efectivamente, describes muy bien al Paciente. Me llama la atención qué tipo de persona era (incluso qué tipo de persona es por dentro), y qué pudo haberle afectado para encontrarse en ese estado.
También, si me lo permites, me tomaré la libertad de darte unos consejos.
1. Por lo general, siempre digo que por cada oración, sólo debe haber una idea. Tú pones muchas ideas en una sola oración, pero tu uso de los signos de puntuación es tan bueno, que puedo entender las ideas a la perfección aunque estén tan seguidas.
Eso es genial, pero sí te aconsejo que reconsideres algunas líneas, y que pongas puntos entre idea e idea. Aunque se te entiende, siempre es bueno que el lector pueda detenerse en un punto para descansar un poco, sin riesgo de perder la idea que has plasmado.
2. También noté que debes revisar algunas palabras, porque muchas no están tildadas, y otras llevan tildes donde no deberían. Generalmente, señalo las palabras que noto que están mal escritas. Pero el texto (aunque lleno de ideas entendibles, e imágenes muy gráficas), tiene bastantes palabras que ameritan una revisión profunda, por lo que te lo dejaré a ti.
3. Esta es una sugerencia en cuanto a diseño. No es muy buena idea poner todo el texto en cursiva, en especial si va a ser leído en un monitor. Lo malo de leer en una pantalla, es que a los lectores se nos cansa mucho la vista (en especial si necesitan gafas, como yo...), y es lindo cuando un autor tiene esto en consideración. Mi consejo es que para esta entrada (a pesar de ser un prólogo, como asumo que lo es), utilices una letra regular, SIN cursiva. Será menos cansado para la vista.
Ahora, dejando de lado las críticas CONSTRUCTIVAS, y pasando a comentario de fan, déjame decirte que esta historia promete :D
Verás, me encanta escribir y leer historias que tengan personajes "no muy grises". O sea, que la historia presente personajes a los que vamos entendiendo en medio de su dolor, alegría, odio, y demás sentimientos. Y esa es precisamente la sensación que tuve al leerte: que esta historia nos inmiscuirá en la figura del Paciente, y nos lo presentará de tal manera, que sentiremos que lo llegamos a conocer. No sé si me expliqué, pero esa ha sido mi idea n_n
Me encantan las historias llenas de sentimiento. Creo que los textos reflejan a sus autores, y me encanta sentir esto. Te contaré algo que pocos amigos míos saben: cuando una historia me hace reír, me gusta. Pero cuando una historia me hace llorar, ya sea de tristeza, emoción o risa, me FASCINA. Suelo medir qué tan buena sea una historia para mí, de acuerdo al número de lágrimas que me saque.
Sé que es algo raro, pero así de loca estoy. Cuando vi leí tu historia, de inmediato se me estrujo el corazón por el Paciente. Quién sabe cuantos sentimientos oculta bajo esa apariencia enfermiza...
Bueno, perdón por el comentario tan extenso. Suelo hablar y escribir de más. Espero que no te haya molestado. Sobra decir que me gustó el inicio de tu historia, y que esperaré actualizaciones. No prometo que comentaré amenudo porque soy algo floja con los deberes de la Universidad, y sería bueno no tener tantas distracciones (entiéndeme: además de haber leído una buena literatura como la tuya, me he topado con otras muchas en Internet, y a todos los leo y comento. Soy una fiel fan :D).
Pero sí te leeré en cuanto encuentre tiempo libre, y procuraré comentarte. Hago un link de mi blog al tuyo, para poder visitarte cuando pueda. Saludos ;)
Madre mía, me he quedado de piedra con el comentario de angela ;)
No me esperaba un comentario nuevo y meeenos taaan largooo y tan frutifero, y tan ilustrativo, y tan... me he quedado sin palabras!!! Es justo el tipo de comentario que he esperado en toda mi vida, con sus fallos, sus impresiones y con todo lo que transmite la historia al lector.
Sinceramente Angela, guardaré tu comentario en mi corazón para siempre y en un documento de mi ordenador para poder releerlo en el futuro. Me ha gustado mucho, te lo agradezco.
La verdad, no se si debo contestar los comentarios en el blog de aquel que me comenta o en el mio propio. Me gustaría que leyeseis mis respuestas pero no estoy segura, soy nueva en esto de los blogs...
Bueno a ver... por donde ibamos...
así, los signos de puntuación. Me ha sorprendido que dijeras que era buena en cuanto a la puntación, me he quedado sin habla pero luego he comprobado que mis sospechas no eran falsas y que soy un completo desastre en cuanto a puntuación, acentuación y gramática en general. Repito, soy un completo desastre... la poca gramatica que me sé, se la debo al corrector ortográfico del word, y eso que es una máquina con más fallos que aciertos pero me ha enseñado la gran mayoría de las tildes que he aprendido en mi vida (imaginate como están las cosas..) creo que a estas alturas tengo poco remedio pero intentaré repasarlo y mejorar ^^
Perdoname por lo del texto en cursiva... nadie más que yo sabe lo cansado que es leer una historia en la pantalla de un ordenador y ha sido por la mala "imagen" de algunas historias lo que me ha hecho no volver a leerlas (mis pobres ojos...)
Pero como el primer capitulo era un prologo, como bien te has dado cuenta, lo he querido poner en cursiva para que destaque sobre el resto del texto.
Normalmente suelo separar los parrafos con doble espaciado para que quede más amplio y como tu dices le de un respiro al lector, pero esta vez se me pasó por alto aunque reconozco que la presentación es algo que se debería tener en cuenta si quieres que te lean, después de todo tienes que mimar al lector si quieres conseguir algo no?
Me ha gustado mucho todo lo que has comentado sobre la impresión que ha causado en ti el paciente, esta introducción y lo que te hace imaginar de él.
La verdad es que el paciente, como dice al final, tuvo una vida, y como también tu dices no fue "muy gris" sino que tiene sentimientos y reacciones muy humanas a lo largo de la historia y tiene una personalidad bastante curiosa.
He entendido por tu comentario que te gustan las historias que contengan su dosis justa de tristeza, o por lo menos que sepan adaptarse a todo tipo de situaciones (tristeza, alegría...). La historia del paciente es así, aunque me temo que el próximo capítulo será algo "negro y oscuro", como yo lo llamo... un poco confuso y pesado. No tengo puesta la esperanza de que convezca pero forma parte de mi historia. Después de él conoceremos más ampliamente al paciente y las penas y alegrías que sufrió en su vida, antes de la enfermedad.
En definitiva, te agredezco tu comentario y que hayas puesto un enlace desde tu blog. Curioseando por el blog de Andrágoras yo también llegé una vez al tuyo pero lo vi tan... como decirlo "extenso, complejo, bien organizado.. no se como decirlo jaja" que me asusté y me eché para atrás, aunque lo guardé en mis favoritos para poder curiosearlo tranquilamente en un futuro.
Le dije lo mismo a Andrágoras que "cotillearía" su blog con todo detalle, pero lamentablemente mi tiempo libre no es precisamente amplio y ultimamente estoy acosada por examenes, trabajos y demás deberes... ya me gustaría a mí dedicarme a mis hobbys (entre los que se encuentra leer buenas historias en internet) pero estoy muy apurada...
Me alegro de que os haya gustado y prometo subir pronto otro capítulo y pasarme por los sitios que tengo apuntados en mi memoria ;)
Saludos!
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