lunes, 7 de abril de 2008

The Black Parade II

The Black Parade

La Ciudad estaba desierta aquel día. Las amplias avenidas de cemento y los herméticos edificios de hormigón me hacían recordar a un infantil juego de bloques de madera que guardaba en mi casa. No había nadie por aquellas calles, nadie tras aquellos edificios grises, con forma de polígono y de amplias fachadas que me hacían pensar en cárceles en vez de viviendas. No podía entender que viviera alguien tras aquellas pequeñas ventanas con marcos de acero que apenas dejaban pasar la luz al interior. Si aquel hubiera sido mi hogar, me dije, sería muy infeliz.


Desde hacía años siempre había conservado la ilusión de que padre me llevara a la ciudad algún día. Él hablaba de ella como un lugar de sueños y esperanzas, donde las cosas no eran lo que parecían donde los sueños son realidad y la realidad sueño, un lugar hermoso pero también orgulloso y letal. Según sus descripciones, la Ciudad casi parecía una caprichosa dama que encorvara la espalda para contemplar su belleza en su propio espejo ajena del mundo exterior.

Pero a la vista de aquellos interminables edificios de cemento, tan altos que parecían querer desafiar al mismo cielo y que se alzaban sobre mí con un aire amenazador, me quitaba el resuello sintiendo como ni una pizca de aire puro se atrevía a desafiar las calles de la ciudad concentrando la atmósfera en una hermética cúpula alrededor de ella. El lugar se me antojaba vacío, desprovisto de vida, casi un cementerio de edificios grises, tecnología y aparatos pero carente de almas humanas de las que alimentarse. La Ciudad que yo había soñado me asustaba cuando por fin estaba en ella.

Asustado por la frialdad y el inhóspito halo que emanaba de los altos muros de hormigón me refugié a la sombra de mi padre y le tomé de la mano con nerviosismo. Mi padre sonrió entonces para sí e inclinándose a mi lado y tomándome amablemente de los hombros me indicó que no tuviera miedo.

-Pero este lugar está muerto, papa –le repliqué con mi vocecilla de infante-, ésta es una ciudad de muertos…

Mi padre esbozó una sonrisa cascada.

-Tienes razón, hijo –murmuró con amargura-. Pero es hermosa y siempre ha sido el sueño de todas las gentes del campo, como tú y como yo. Puede que ahora no lo notes hijo, pero cuando uno tiene mi edad siente la influencia de la ciudad cerniéndose sobre su vida, tirando de sus entrañas… reclamando vida y sangre…

Mi padre miraba la cima de los herméticos edificios, a la viciada atmósfera de la ciudad que se cernía como un envenenado halo sobre nuestras cabezas. Sus ojos parecían soñadores, fantasiosos, como si descubrieran cosas en aquel cementerio de hormigón que yo no alcanzaba a distinguir.

-Papa, no sé de que me hablas… -respondí encogiéndome de hombros, ignorante de los pensamientos que preocupaban a mi progenitor en aquellos instantes.

Mi padre volvió la vista hacia mí, como si resucitara de un sueño y de nuevo esbozó aquel gesto que aún a mis pocos años de edad me hacía temblar: una sonrisa triste y rota, cargada de amargura y de desesperanza.

-No importa, hijo. Olvida lo que has escuchado.

Asentí y mi padre se incorporó de nuevo. Tomándome de la mano recorrimos aquellas desoladas calles grises hasta llegar a una amplia avenida de cemento que se extendía hasta donde la vista me llegaba a alcanzar. Al otro lado, al contrario de lo que debía esperarse, no había edificios, si no una extensa explanada de pavimento que llegaba hasta más allá de la línea del horizonte marcando los límites de la ciudad. En aquellos desnudos parajes en los que ni un alma se atrevía a aventurarse, la influencia de la Ciudad disminuía progresivamente hasta desaparecer por completo. Al otro lado de aquel desierto de cemento y hormigón, el cielo era azul.

Mi padre y yo nos detuvimos, esperando en silencio. Cuando me pareció que llevábamos una eternidad de pie en el borde de aquella interminable avenida y estaba a punto de elaborar una protesta, escuché un sonido que me robó la atención y los sentidos y me hizo volver la cabeza al horizonte, buscándolo. A mi lado mi padre me imitó, con ojos hechizados...

Era el sonido de un desfile, los ruidos característicos del marchar militar de cientos de personas al mismo son, de trompetas y tambores que entonaban himnos marciales. Era el aroma de saltimbanquis y malabaristas, de militares y músicos todo ello mezclado con la ilusión infantil que impregnaba sus pasos. Sin embargo, por encima de todo ello, sus alegres y dinámicas canciones se escuchaban adulteradas, llenas de acordes disonantes. Incluso el paso de los integrantes del desfile se hallaba marcado por una fría cadencia que helaba las entrañas, su compás era el de un corazón desbocado que está a punto de pararse.

Paralizado, incapaz de arrancar los ojos de aquello que me robaba la atención y los sentidos distinguí aparecer el encabezamiento del desfile en el horizonte, acercándose lenta e inexorablemente hacia nosotros, como las aguas de un río. Y sin saber muy bien porqué, aprecié el miedo, un miedo intenso e irracional que estrujaba mi corazón, que arrugaba mis entrañas y hacia desaparecer en mí la despreocupada inocencia infantil que iluminaba mi mente, llenándola de aterradora oscuridad. Sentí que mi infancia se rompía en mil pedazos y que me llenaba de malicia y de odio, convirtiéndome de repente en una criatura mezquina y desamparada.

Pero por encima de todo ello noté el contacto de la mano de mi padre apretando la mía con firmeza como para imprimirme ánimos. Quise volver la vista entonces hacia él, preguntarle y exigirle explicaciones acerca de porqué me había traído a aquel espantoso lugar, pero la malévola influencia de los pasos marciales de la multitud que se acercaba a nosotros me impidió desfijar la vista. Aún así, incapaz de mirarle o de moverme intuí el mensaje que mi padre se esforzaba por transmitirme: “Tienes que comprender”.

Las siluetas de aquellos que participaban en el desfile se acercaron más y más a nosotros pudiendo entonces yo describirlas a la perfección:

Se trataban de cientos de hombres y mujeres, comprendidos entre edades indefinidas que caminaban a un mismo paso marcado por el fúnebre sonido de los tambores. Sus rostros estaban vueltos hacia el frente, hipnotizados por su destino, sus miradas veladas perdidas en el horizonte. Lucían la faz cubierta por máscaras y antifaces oscuros, y vestían negros ropajes de corte militar como si formaran parte de algún espectral ejército. Su paso era firme, sin prisa pero sin pausa como si estuvieran condenados a vagar eternamente por aquella interminable avenida antes de llegar por fin a su destino.

A la cabeza de aquella procesión de lo que me pareció almas en pena, se erguía la solitaria silueta de un jinete a caballo… Su cuerpo se hallaba flexionado en una rígida postura de gloria y victoria y en su brazo, alzado contra las alturas, como si quisiera desafiar al cielo con el puño cerrado, sostenía el largo mástil de un estandarte cuya banderola ondeaba impulsada por una brisa inexistente. Las letras eran del color de la sangre sobre aquel jirón de tela oscura y me pareció distinguir los caracteres de tres macabras palabras que helaron todavía más mi alma: “La Marcha Negra”

Cuando el jinete pasó por delante de nosotros, dirigiendo a las almas que le seguían hipnotizadas sentí que toda la oscuridad, todo el frío que atenazaba mi alma en aquellos momentos emanaba de su sombría presencia. Sus ropajes militares eran oscuros, tan negros como el pelaje de su montura de ojos ciegos y espectrales la cual detuvo en ese instante repentinamente y para mi sorpresa, aquel ser que solo poseía de humano la apariencia volvió su rostro maldito hacia nuestra dirección y clavó sus ojos en los míos provocando que mi corazón dejara de latir unos instantes.

En aquel rostro hermoso, de facciones idílicas y casi aniñadas, de piel translúcida y cabellos tan blancos como su pálida faz solo hallé una cosa, la fría y letal mirada de la muerte. Y en ese instante supe que la parca me miraba disfrazada con ojos de joven y que en su espectral rostro esbozaba una sonrisa tiernamente macabra. Había captado su interés.

Supe entonces, a partir de ese instante y para el resto de mi miserable existencia, que estaba marcado por la desgracia. La muerte me había mirado a los ojos.

Ensanchando su tierna y ladina sonrisa en una cruel y desdeñosa mueca, su mirada de muerte y putrefacción se desprendió de nosotros como quien pasa la vista por una piedra en el camino que molesta a su paso y volvió a fijarla en el negro horizonte al que conducía a todas aquellas desdichadas almas. Espoleando a su fantasmal montura reanudó aquel paso marcial marcado por tambores de ultratumba que parecían entonar el himno de los mismísimos infiernos.
Aquel joven príncipe de las tinieblas se alejó de nosotros empequeñeciéndose en el horizonte a medida que avanzaba en su marcha, el desfile discurrió ante nuestros mudos ojos testigos sin que una de las personas que marchaban en pos de la parca se dignara a volver sus ojos hacia los únicos vivos que presenciaban aquella procesión de muerte y desesperanza. Sus ojos ciegos no se volvieron hacia nosotros como si no pudieran vernos o percatarse de nuestra presencia, prendidas sus conciencias en la espectral silueta del jinete que abría la marcha y que ya había desaparecido de nuestra vista en la lejana línea del horizonte.

Fue entonces cuando me di cuenta de que el desfile crecía en número a su paso, que cada vez eran más las almas arrastradas por la influencia de aquella sombra a caballo en cuyos ojos se adivinaba la muerte. Ya no eran gentes vestidas con uniformes militares y antifaces y máscaras en sus rostros si no hombres y mujeres corrientes, muchos vestidos con batas de hospital y ropas de dormir que habían abandonado ya su lecho de muerte para unirse al último de los caminos que les separaba de su eterno destino como almas sin cuerpo. Salían de las pequeñas calles transversales que desembocaban en la ancha avenida, pasaban por nuestro lado con los ojos hipnotizado en el negro príncipe montado a caballo y se unían más y cada vez más a aquella Marcha Maldita formada por las almas de aquellos que habían muerto y todavía no habían encontrado su destino.

Cuando aquellas almas errabundas desaparecieron por fin de nuestra vista dejando la avenida tan desierta e inhóspita como yo la había conocido, mi padre pudo al fin moverse y volvió su rostro hacia mí. Un rostro manchado por la huella del dolor, el sufrimiento y la desesperanza y entonó las palabras que habían de completar a aquel sombrío episodio, palabras que marcarían mi existencia durante toda mi vida y aún la muerte.


*"Son when you grow up, will you be the saviour of the broken,The beaten and the damned? Will you defeat them, your demons, and all the non believers, the plans that they have made?"Because one day I leave you,A phantom to lead you in the summer,To join the black parade."
*Estas palabras pertenecen a un fragmento
de la canción "Welcome to the Black Parade"
de "My Chemical Romance"

miércoles, 26 de marzo de 2008

The Black Parade I

The Patient

Nadie estaba verdaderamente seguro de cual era su nombre real. Quizá los médicos y enfermeras que trataban con él más estrechamente, o el ordenador que registraba los nombres de los enfermos en aquel hospital. Sin embargo, todos los llamaban “El Paciente” con tal seguridad que parecía que hasta él mismo hubiera olvidado su verdadero nombre.
¿Pero que clase de apodo es “El Paciente” en un lugar lleno de ellos? -La mayoría perdiendo la paciencia por la longitud de sus enfermedades y los tratamientos que se supone que deben ayudarlos- Un hospital está lleno de pacientes, jóvenes y viejos, muchos destinados a un irremediable fin de su existencia pero muchos otros bendecidos con la esperanza de recuperarse. Pero ninguno era como él, o al menos, ningún médico o enfermera de aquel hospital había visto jamás una criatura como aquella.
El Paciente era un hombre joven, en una edad indefinida entre los veinte años y los treinta, quizá incluso más o puede que menos… Era delgado, muy delgado, no a causa de sus energías drenadas por el sufrimiento, ni por los brutales vestigios de su enfermedad… daba la impresión de que el Paciente siempre había tenido aquella constitución enfermiza y preocupante. Su cabello era blanco, no canoso pero si demasiado claro para llamarlo albino al igual que su piel, casi translúcida por tantas horas de encierro apartado de la luz del sol en aquel desamparado lugar, tan fina que se podían ver las venas cuajadas de sangre que cruzaban sus muñecas.
Hasta aquí el paciente podría parecerse ha cualquier otro, demasiado blanco por el encierro, demasiado delgado por su enfermedad. Pero ninguno mostraba ni había mostrado jamás la expresión de éste, aún después de muchos años de encierro y sufrimientos, todos parecían conservar algo en lo más profundo de su mirada: la esperanza. El Paciente hacía mucho tiempo que la había perdido, sus ojos lo demostraban.
Su rostro era agradable, un rostro joven y hermoso que podía haberse catalogado de atractivo si hubiera mostrado un poco más de vida y color. Sus facciones eran menudas y sus rasgos delicados. Los labios finos y suaves, blancos contra la piel de su rostro mostraban una expresión casi infantil a no ser por la desganada curva de la comisura de sus labios pintada, con una mueca de hastío y abandono. Su nariz era menuda y sus pómulos prominentes, hundidas sus mejillas por la enfermedad. Pero algo no cuadraba en aquel rostro hermoso, algo que le otorgaba una especie de expresión envenenadamente desamparada, una sombra de oscuridad que velaba el brillo de su juventud, eso eran sus ojos.
Hundidos y agazapados en sus cuencas, oscurecidos por un tupido velo de oscuridad, amargura y tristeza. Sus pupilas se fijaban extraviadas en algún punto de un horizonte inalcanzable, carentes de brillo…vidriosas…casi muertas. Aquellos ojos anclados en un rostro joven parecían ser testigos de una larga vida de sufrimientos, más parecían pertenecer a un anciano nonagenario, hastiado de la vida y ahogado por la experiencia que solo desea y espera una repentina y bien merecida muerte para poder descansar de una vez por todas, cansados sus ojos de tanto ver y su mente de tanto comprender, que a un hombre joven y aún así enfermo.
Con aquella mirada, con aquella pose abandonada en mitad de una habitación de paredes y suelos blancos, tan blancos como la pulcra bata que el paciente vestía y aún así más oscura que el resplandor lechoso de su piel, pocos eran los que se atrevían a cruzar una mirada con él y enfrentarse a la espiral de oscuridad, sufrimiento y desesperanza que emanaban sus ojos.
El Paciente nunca había descubierto tener familia, nadie de su conocimiento había ido a visitarlo jamás en aquella celda de paredes desinfectadas que era su habitación en el hospital. Alguna vez, alguna persona caritativa, un voluntario o un visitante de una habitación cercana se había asomado a aquella habitación, prestos a entablar conversación con aquel joven moribundo y animarle o distraerle de su afligido mutismo. Sin embargo poco habían tardado en abandonarla de nuevo, nerviosos de la amargura que emanaba su simple presencia, de aquellos ojos apagados de vida que solo parecían contemplar el avance inexorable de la muerte ante él, y se habían marchado para no regresar jamás a aquel lugar vacío y desamparado, casi una silenciosa cripta en un cementerio, decorada con un mobiliario de líneas sencillas, esterilizadas, impolutamente blancas en el que la solitaria figura de el Paciente parecía ser un mueble más.
Los médicos y enfermeras habían perdido ya la esperanza por él, hacía mucho tiempo que habían cesado en sus empeños de mejorarle, de devolverle la vitalidad que había perdido. Se limitaban a conectarle a una vía, hacerle transfusiones de sangre e intentar mantener aquella vacía existencia, inútil de utilidad, muerta en vida. El paciente se moría, no sabían porqué, solo que la vida se escapaba lentamente de su cuerpo con cada suspiro.
La muerte estaba próxima, y el paciente lo aceptaba y la esperaba con estoicidad, casi con avidez, llevado por unos motivos que solo él entendía y sabía.
“¿Cuál es tu enfermedad?” le había preguntado un día un inocente voluntario social en un intento de entablar conversación con él.
“La Vida” musitó él en un desganado suspiro "Me muero por vivir”.

Morir por vivir.
Cuantos dobles sentidos habrá impresos en esa simple frase… Puede significar ambición, ansiedad por la vida, por perpetuar tu existencia más allá de lo que es posible, un poco más de granos en el reloj de arena de la vida.
Pero también puede significar muerte, y estoy segura de que cualquier persona puede comprender éste significado… algo que todos y cada uno de nosotros llevamos impresos en nuestra alma, discurriendo por nuestras venas. La vida drena nuestra existencia, nuestra vida ¡Qué paradoja! Vivir para morir, ese es el único fin seguro.

Sin embargo, aunque el Paciente llevaba largos años olvidado en aquella habitación impersonal, vacía, nadie recordaba cuanto tiempo llevaba allí ni que le había hecho enfermar. Ni siquiera recordaban haberle visto llegar, un día lejano en su juventud o niñez, un día fatídico que nunca acabaría o al menos hasta que su corazón se detuviera definitivamente.
Pero aún así el Paciente tenía una historia, como cada uno de los enfermos que habitan aquel hospital y todos los hospitales del mundo. Había vivido una existencia radiante, ajeno a la enfermedad, una infancia feliz como la de cualquier otro niño, había vivido, sentido y sufrido antes de convertirse en lo que era ahora. El Paciente había amado, y odiado, su corazón se había estremecido muchas veces por la fuerza de los sentimientos…
Antes de aquello, había sido persona, y el transcurso de su desgracia, solo él podía contarlo. Ésta es su historia: